
Yo no soy un activista de la causa homosexual y tampoco pretendo serlo. Por otro lado, nací en un hogar católico donde me bautizaron y con gran dificultad me lograron sobornar con ciertos beneficios para hacer la primera comunión cuando ya estaba muy cerca de la adolescencia y había incumplido con mucho fervor algunos de los diez mandamientos. Una cosa sumada a la otra me dejan en una posición cómoda, en la que sin duda, de católico me quedan solamente las fotos de los “sagrados sacramentos” que alcancé a completar.
Consecuentemente, dada mi condición, el sacramento del matrimonio lo tengo rotundamente prohibido. Aunque me preocupa más que en este momento no tenga con quien casarme, no puedo evitar sentir repuganante la entrevista realizada por José Alberto Mojica Patiño de El Tiempo a Monseñor Rubén Salazar. Detesto del entrevistado la dualidad de sus parámetros, la falsa tolerancia de sus palabras y lo más grave, el rechazo abierto a los homosexuales católicos que deciden ser parte del clérigo. Nisiquera el US Army con su “Don’t Ask, Don’t tell” me parece tan primitivo como la iglesia o este personaje que infortunadamente la representa.
Tengo un gran respeto por la iglesia como institución. La admiro porque es una empresa próspera, gerenciada con visión de largo plazo, sin tacañería cuando tiene que construir sucursales y porque nisiquiera Microsoft o Apple gozan de un Headquarter como San Pietro en el Vaticano. La respeto porque gústele a quien le guste, la iglesia católica hace parte de la historia occidental desde el Imperio Romano y como empresa genera utilidades desde el medioevo. Lo lamento, pero la Iglesia es digna de admirar. Lo que no soporto son los monaguillos de alto rango que salen a dar declaraciones en nombre de todos los clientes de tan próspera compañía. No lo tolero, si fuera Benedicto XVI los despediría a todos y los reemplazaría asegurándome que todos fueran homosexuales. Es más, me encargaría personalmente de lograr que una de cada tres monjas fuera lesbiana.
Cito con mucha lástima las preguntas que levantaron mi ira.
Hablando de homosexualidad, ¿cómo se maneja el tema de los sacerdotes homosexuales?
Hoy lo tenemos más claro que nunca, precisamente a raíz de las dificultades que hemos vivido en los últimos años: un homosexual que no sólo tiene tendencia homosexual sino que lleva una vida homosexual activa no es apto para el ministerio sacerdotal. Por lo tanto, si en un seminario se detecta que uno de los seminaristas es homosexual, indudablemente se le pide que abandone el proceso de formación para llegar a ser sacerdote.
¿Los expulsan?
Cuando se corrobora que hay un seminarista homosexual (es orden vaticana hacer un filtro riguroso a través de un seguimiento a la conducta de cada seminarista), indudablemente se le dice: por favor, retírate que este no es tu camino.
¿Y qué pasa, entonces, con homosexuales que son sacerdotes?
¿Qué hacer con los sacerdotes homosexuales, que los hay? Si ese sacerdote es capaz de vivir en castidad y, a pesar de sus tendencias sexuales se mantiene casto, sin relaciones sexuales homosexuales, no va a haber ningún problema. El problema es cuando empieza a tener una vida activa homosexual; en ese momento, el obispo debe llamarlo y decirle que si no quiere renunciar a esa vida, se retire del ejercicio sacerdotal. Por el contrario, si quiere ayuda psicológica, psiquiátrica o espiritual para superar esa problemática, de tal manera que pueda llegar a vivir castamente pese a sus tendencias homosexuales, se le ofrece toda la ayuda que sea necesaria.
Entonces, ¿no hay problema si ese sacerdote homosexual tiene una buena conducta?
No, si lleva una vida recta, casta, de entrega absoluta. Pero si eso se detecta desde el seminario, ahí cambian las cosas. Ahí estamos en la obligación de decirle: retírate, este no es tu camino. Lo mismo vale para el heterosexual. Si un sacerdote está enredado con mujeres o si se atreve a fundar un hogar con una mujer permanente y unos hijos, lo mismo: no puede ejercer el ministerio. Y el obispo está en la obligación de prohibirle que ejerza el ministerio.
¿Por qué un homosexual no puede ser sacerdote?
La respuesta es muy clara. El ministerio sacerdotal, como se ejerce en este momento en la Iglesia Católica, a partir de los textos del Evangelio, exige el celibato, y el celibato es intrínsecamente la opción por orientar la totalidad de su amor y dedicación al servicio de Dios; es una entrega similar al matrimonio. La relación de un presbítero con la Iglesia es como una relación matrimonial. Entonces, no tiene sentido que una persona que está ejerciendo el ministerio, al mismo tiempo tenga una vida desordenada desde el punto de vista sexual.
¿Son muchos los sacerdotes homosexuales?
El porcentaje del clero homosexual es muy difícil de precisar. Uno no va preguntándole a cada uno cuál es su tendencia sexual. Nosotros conocemos las cosas por los escándalos o las posibles denuncias que se encuentren en un caso o en el otro; en realidad, considerando la totalidad del presbiterio, son casos muy escasos y aislados. No se puede decir que dentro del clero hay multitud de homosexuales.
Tomado de El Tiempo
JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO
Redactor de EL TIEMPO
Creo que a esta entrevista le quedaron pendientes unas preguntas, así que decidi formularlas y quedo a la espera de conseguir las respuestas:
Apreciado Monseñor, usted que viste sus baticas negras tan masculinas, ¿Dónde queda el respeto a la vocación de un hombre que es homosexual?
Apreciado Monseñor, usted que se engalana con tan bellas joyas: crucifijos, rosarios, escapularios y demás dignos de Lady Gaga ¿Podría contestarme si la vida sexual activa de un homosexual es diferente a la de un heterosexual?
Apreciado Monseñor, usted que canta tan afinadito con una voz tan recia y masculina a los ángeles en las liturgias ¿No le gustaría hacer un estudio estadístico sobre la cantidad de homosexuales en su nómina eclesiástica? Creo que para su sorpresa, se daría cuenta que la iglesia alberga más homosexuales que incluso aquellos seminaristas inocentes que cometen el error de salir del closet en los seminarios y que ustedes se encargan expulsar elegantemente de sus instituciones.
Para mi gusto, lo que siento escondido entre líneas es que dentro del plan de negocios de la siempre próspera Iglesia Católica se está incluyendo un segmento de mercado específico para atender el mercado gay pero están disimulando para que los judíos o los musulmanes no se adelanten. Me pregunto que se cantará y cómo se vestirán los sacerdotes en el futuro cuando en las liturgias finalmente se decidan a celebrar sin reparo los matrimonios del mismo sexo.
Yo no soy un activista de la causa homosexual y tampoco pretendo serlo. Por otro lado, nací en un hogar católico donde me bautizaron y con gran dificultad me lograron sobornar con ciertos beneficios para hacer la primera comunión ad portas de la adolescencia, cuando ya había incumplido con mucho fervor algunos de los diez mandamientos. Una cosa sumada a la otra me dejan en una posición cómoda en la que, sin duda, de católico me quedan solamente las fotos de los “sagrados sacramentos” que alcancé a completar.
Consecuentemente, dada mi condición, el sacramento del matrimonio lo tengo rotundamente prohibido. Aunque me preocupa más que en este momento no tenga con quien casarme, no puedo evitar sentir repuganante la entrevista realizada por José Alberto Mojica Patiño de El Tiempo a Monseñor Rubén Salazar. Detesto del entrevistado la dualidad de sus parámetros, la falsa tolerancia de sus palabras y lo más grave, el rechazo abierto a los homosexuales católicos que deciden ser parte del clérigo. Nisiquera el US Army con su “Don’t Ask, Don’t tell” me parece tan primitivo como la iglesia o este personaje que infortunadamente la representa.
Tengo un gran respeto por la iglesia como institución. La admiro porque es una empresa próspera, gerenciada con visión de largo plazo, sin tacañería cuando tiene que construir sucursales y porque nisiquiera Microsoft o Apple gozan de un Headquarter como San Pietro en el Vaticano. La respeto porque gústele a quien le guste, la iglesia católica hace parte de la historia occidental desde el Imperio Romano y como empresa genera utilidades desde el medioevo. Lo lamento, pero la Iglesia es digna de admirar. Lo que no soporto son los monaguillos de alto rango que salen a dar declaraciones en nombre de todos los clientes de tan próspera compañía. No lo tolero, si fuera Benedicto XVI los despediría a todos y los reemplazaría asegurándome que todos fueran homosexuales. Es más, me encargaría personalmente de lograr que una de cada tres monjas fuera lesbiana.
Cito con mucha lástima las preguntas que levantaron mi ira.
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